Archivo del blog

05 febrero, 2015

Cassandra: Lo que pasó con Aer (Fragmento de Rol)

Estos días han sido una locura. Tras tanto tiempo sin verme envuelta en grandes problemas, por fin asentada en un lugar donde mi existencia es sostenible, la vuelta al pandemónium del mundo vampírico me ha sentado como un balde de agua fría.
No es que sea la primera vez en estos dieciocho siglos que he tenido que hacer algún recado para mi Sire, o para algún aliado. De hecho, es frecuente que abandone durante una o dos semanas mi bosque en Gales para hacer de mensajera, sobre todo desde que tengo el Espejo, un objeto que conseguí hace un par de décadas tras comerme a un mercader en Egipto y que me permite trasladarme de forma instantánea a cualquier rincón imaginable.
Sin embargo, hay algo, no sé el qué, que me advierte de que esta vez será diferente. Esa sensación, que me inquieta sobremanera, comenzó semanas antes de saber que tendría que viajar, y ha sido prácticamente omnipresente desde que recibí la carta de Aer, mi Sire, y vine a Roma para brindarle mi ayuda. Ahora, tras haber presenciado cómo están las cosas por el resto del continente, y haber visto el estado en que se halla Aer, mi preocupación es más que justificada.
Llevamos ya tiempo con escasez de comida. Hay simplemente demasiados vampiros. Demasiados neófitos pululando por las ciudades, alimentándose de los pocos humanos que aún quedan. La situación es tan incierta que temo por la ciudad, y por nuestras vidas. Al menos Aer es el Primogénito Toreador de Roma, una posición nada desdeñable que le otorga cierta seguridad en este tiempo de locura. Pero los Vástagos se están muriendo de hambre, y no parece haber una salida en el futuro cercano para este problema.
Aer, con su corazón tan humano, es el primero en privarse de sangre para que otros de nuestro clan tengan alimento. Ojalá cuidara más de sí mismo y se dejara de tanta amabilidad. No entiendo cómo puede haber sobrevivido tanto tiempo con esa actitud, tan altruista que roza la estupidez. Pero al menos me tiene aquí. Lo obligaré a comer si tengo que hacerlo. Mataré a quien tenga que matar para protegerlo. A veces me parece que soy su sentido común, que lo abandonó durante mi Abrazo, y ahora es mi obligación impedir que se deje morir con algunas de sus decisiones.
Para variar, los problemas no llegan de uno en uno. No solo estamos como estamos en el mundo vampírico, sino que al parecer hay una guerra inminente entre Roma y Cartago.
Tal es la inestabilidad política que el futuro de ambas ciudades pende de un hilo. Una hebra del destino, una conversación entre dos líderes. Unos minutos de charla diplomática que significarán la diferencia entre paz o cruenta lucha. No había un mejor momento para una guerra, en estos dos milenios, que durante la mayor hambruna que se ha visto entre los Hijos de Caín. Viva el sentido de la oportunidad de este mundo caótico.
Aer me ha llamado hoy a su despacho.
–Necesito que hagas algo por mí. –Me dijo. Sus ojeras estaban tan marcadas que por un momento me parecieron moretones.
–Para eso he venido. –Contesté.
–Hay una vampiresa cartaginesa, Aleia, que se dirige a Roma para negociar la paz. – Deseé poder tocarle la frente y acariciarle para darle ánimos, pero este era claramente un mal momento. Una mala época. No había lugar para estos gestos. – Como es evidente, habrá algunos que querrán eliminarla, porque sencillamente no están interesados en evitar la guerra. Necesito alguien de confianza que la proteja. Quisiera que fueras tú.
–No hay problema. Yo me encargaré de ello. – No lo aguanté más. Me acerqué y me senté en el escritorio frente a él. Me miró un segundo, y luego puso los brazos a ambos lados de mí, apoyando la cabeza sobre mi regazo. Yo le aparté los mechones de la frente. – ¿Hace cuánto que no comes?
–Un par de noches. No tantas; estaré bien hasta las Lupercalias. Entonces podremos beber porque la gente no lo notará en medio de la celebración. Achacarán cualquier visión extraña al alcohol.
– ¿Qué son las Lupercalias? –Nunca antes había oído aquello.
Él se rio por lo bajo.
–Vaya, sí que estás desconectada de la civilización en aquellas tierras perdidas. Son una celebración típica romana donde se adora a los lobos. Los sacerdotes salen con unos látigos y golpean a la gente. Cada golpe recibido simboliza más fertilidad.
–Vaya sinsentido. –Dije, contrariada. Yo procuraba tener a mis sacerdotisas contentas, pero al parecer el bienestar de quienes te rinden culto no es la prioridad de todos los dioses.
–Al menos es una oportunidad para nosotros. – Aer levantó la cabeza y me miró con esos ojos grandes y oscuros, aún más inmensos a causa de las ojeras. Cómo amo esos ojos. – Vendrás, ¿verdad?
– ¿Que si voy a unas fiestas donde te emborracharás y te expondrás a cualquier peligro que se te pueda echar encima como lo haría un neonato? No es que me dejes muchas opciones.
Él se rio otra vez. Se puso de pie, situándose entre mis piernas, y me besó. Lo abracé con fuerza mientras le devolvía el beso.
–Soy mayor que tú. –Murmuró en cuanto nos separamos. – Puedo cuidarme solo. –Posó sus labios sobre los míos, apenas un roce, como si con el gesto quisiera mandarme callar. – Y deberías tratarme con más respeto. No solo soy tu Sire, sino que además soy el Primogénito de tu clan.
Entonces fui yo quien tomó la iniciativa. Lo besé con el arrojo que me caracteriza. A diferencia de él, no me conocen por ser comedida. Cuando nos separamos, agitados, me reí contra su pecho.
–No sé, quizá sean los dos milenios juntos, o quizá sea porque lo sé casi todo de ti, pero me siento con derecho a hablarte con franqueza. Además, –lo miré directamente a los ojos, con intensidad. – si me paso de la raya, hay maneras de compensarte que solo yo conozco.
–Ah, ¿sí?
Él me sonrió, y me dejó distraerle un rato de sus preocupaciones.
Me atosigaba estar en mi habitación sin hacer nada, así que salí a dar una vuelta por la ciudad. A pesar de ir armada y de ser quien soy, me afecta la inquietud que se respira en la calle, y no llegué a disfrutar el paseo.
Sin embargo, pasó algo que hizo que la salida valiera la pena: me reencontré con Grimatia, la Muñeca Maldita. Hacía siglos que no la veía. De hecho, la conocí cuando no contaba ni con una década. Quizá por eso la recuerde con tanta claridad; dicen que las primeras aventuras son las más vívidas.
– ¿Cassandra? ¡Eres tú! –exclamó al verme. No ha crecido un ápice en todo este tiempo, lo cual, aunque era de esperar, me sorprendió ligeramente. Al haber sido convertida con nueve años, Matia, como la llamamos algunos, jamás pasará del metro y medio, y sus rasgos nunca se acabarán de perfilar. Eternamente niña, por siempre condenada a ser la mitad de sí misma.
– ¡Matia! Creía que habrías muerto tras tanto tiempo. –No hizo ningún comentario, pero me miró un poco resentida. Sin embargo, la noticia que traía la hizo olvidar casi inmediatamente mi pequeño desaire.
No quiso contármela en medio de la calle, donde cualquiera podría oírnos, de modo que la llevé a nuestro palacete. Al parecer, Nakomi, la Reina Negra, y nuestra compañera de aventuras en el turbulento principio de mi existencia, había estado en la ciudad estos días, y en uno de sus arrebatos había asesinado al Primogénito Ventrue de la ciudad.
No pude evitar sonreír al oír aquello. Me traía a la mente aquellos viajes locos y aquellas misiones imposibles que marcaron mis primeros años como vampiresa, donde Nakomi y yo, pasión y coraje, estallábamos puertas, partíamos cuellos y arrasábamos ciudades como si no existiera un mañana. Si Aram estuviera aquí, ya estaríamos todos. El grupo de los cuatro neonatos que recorrieron el continente montando escándalos como si no fuera con ellos.
Pero esta no es una de mis historias; esto es la vida real, y eso sería demasiada coincidencia.
Matia se hallaba en un dilema: su lealtad para con su clan la instaba a delatar la culpabilidad de Nakomi, de la cual, de momento, solo ella es consciente, pero su alianza con la Reina Negra se rompería si revelara ese detalle.
–Deberías buscarla y hablarlo con ella antes de decidir nada. –Le recomendé. Conocía a Nakomi, y no quería que una aliada como ella cayera.
Matia estuvo de acuerdo conmigo. Su progenie, un vampiro llamado Thomas, que vive en Roma, nos hizo saber que Nakomi regenta una red de burdeles, y uno de ellos se hallaba en esta ciudad. Desgraciadamente, el lupanar había sido abandonado, a toda prisa al parecer, y no pudimos seguirle la pista. No era de extrañar; si yo fuera la asesina, habría puesto pies en polvorosa de la misma forma.
Acompañé a la pequeña vampira hasta el comienzo de unos túneles subterráneos que creó ella misma y que al parecer cubren una parte importante del continente. Me confesó que, por algún motivo que no comprendo, había contaminado toda el agua de Roma con su sangre, y que por eso quizá fuera buena idea volver a su asentamiento, en Rusia. El funcionamiento de la mente de algunos Cainitas supone todo un misterio para mí.
Como si no fuera un detalle realmente importante, me comentó que en su viaje hacia Roma se había topado con unos individuos que se comunicaban en chino y que planeaban volar con pólvora algunos edificios, entre ellos los clanes Toreador y Ventrue.
Identifiqué casi enseguida los seres de los que hablaba, aunque su presencia en occidente no me entra en la cabeza. Son Catallanos, unas criaturas que se alimentan de Chi o Espíritu, y que odian a los vampiros, ya que nuestra sola existencia los molesta. Son tan difíciles de eliminar como los Assamitas. Genial. Lo que nos faltaba. ¿Algo más, Destino?
Volví tan rápido como pude a casa, e informé a Aer del detallito de la pólvora. Como él no ha estado por Asia, ni siquiera conocía esta sustancia ni su potencial destructivo, pero gracias a mis indicaciones, desmontamos los explosivos. Aunque las relaciones con los Ventrue no son las mejores, convencí a Aer de que les pusiera al corriente del peligro. Creo que en estos tiempos, y siempre que no nos afecte directamente, los Hijos de Caín deberíamos apoyarnos entre nosotros.
Tras el sobresalto, y como guindilla de una fantástica noche, Aer me hizo saber que hay un ejército viniendo desde el norte, y que la guerra es ahora casi inminente.
-¿El palacete es seguro? –pregunté, deseando que por una vez los problemas cogieran número y se pusieran en fila.
-He hecho todo lo posible. Creo que este edificio resistirá. No sé cuánto tardará ese ejército, ni si atacará enseguida, pero al menos tenemos el incentivo de que mañana por la noche son las Lupercalias, y podremos comer por fin.
Nos estamos preparando para salir. Siento algo removiéndose en mi interior, como si toda la inquietud que ha estado rumiando en mi interior últimamente se hubiera incrementado en las últimas horas. No sé bien cómo reaccionar, pero esta noche no me separaré de mi arco, ni de las tres sacerdotisas que me acompañaron en este viaje, ni, definitivamente, de mi Sire.
Fuimos prácticamente todo el clan en conjunto. Solo dos o tres decidieron quedarse en el palacio, pero el resto estaba demasiado hambriento para dejar pasar esta oportunidad. Los sacerdotes de los lobos pegaban latigazos aquí y allá. A mí no se acercaron, imagino que por instinto de supervivencia. A medida que avanzaba la noche, los humanos estaban cada vez más descontrolados, y, cuando apenas podían tenerse en pie, los del clan procedieron. Fueron más cuidadosos de lo que me esperaba, actuando con disimulo, como si temieran ser descubiertos. Temblé, inquieta, y esperé en una esquina a que se hubieran saciado.
Noté entonces que algo iba realmente mal. Alguien jugaba con el clima en la ciudad, provocando lluvia y retirándola, ennegreciendo el cielo y descubriéndolo. Y la luna… Esa luna tan inmensa no podía ser normal. Parecía… que crecía. Entonces oí el primer aullido, y decidí que ya había tenido más que suficiente.
Me giré hacia mis sacerdotisas.
–Vosotras, adelantaos e id corriendo de vuelta al palacete. Cruzad el espejo de vuelta a casa. Yo os alcanzaré en un momento.
Me obedecieron sin rechistar y casi agradecidas de poder hacer caso a su instinto y poner pies en polvorosa. Yo me giré hacia Aer, que se tambaleaba junto a un árbol y berreaba los versos de una canción de taberna. Cuando estuve lo bastante cerca y notó mi presencia, me sonrió como pudo.
– ¡Ca…Cassie! ¿Por qué no bbbebees tú también? Es una noche precioooosa…
Odio el alcohol y su forma de idiotizar a la gente. Ese era el problema de beber directamente de humanos ebrios, y para variar, no había mejor momento para lidiar con un Sire más borracho que una cuba.
–Sí, una noche increíble. Ahora, me tendrás que perdonar… –De tan descolocado que estaba ni siquiera se defendió cuando lo noqueé de un golpe seco en el cuello. –…pero no tenemos tiempo.
Me lo colgué al hombro y corrí como si me persiguieran siete infiernos, lo cual probablemente fuera verdad. Desde luego, no me quedé allí para verlo.
Llegué junto al espejo al mismo tiempo que las sacerdotisas. Eché un último vistazo a mis espaldas, casi sintiendo cierta pena por el caos que se avecinaba, antes de cruzar de vuelta a la seguridad de mi bosque.
Bah. Me da totalmente igual que pase con Roma, siempre que los míos estén bien.

Aparecimos en mi poblado de Gales muy acelerados y con los nervios a flor de piel. Si fuera humana, sé que mi corazón palpitaría como el de un cervatillo, como el de las sacerdotisas que me acompañaban y que entonces jadeaban a causa de la carrera.
El resto del culto nos rodeó inmediatamente, sorprendido por nuestra anómala llegada. Me miraban expectantes, con ojos como platos, esperando instrucciones.
–Preparad una habitación para él. Lo trataréis igual que me tratáis a mí, pues es mi padre y es también un Dios. –Llevo casi un milenio haciéndoles creer que soy la Diosa Brighid, del fuego y el arte. Me va bien, y ellos son felices alimentándome y adorando cada palabra que digo. No se está mal, oye.
Las sacerdotisas se apresuraron a obedecer mis órdenes y se llevaron al inconsciente Aer a un lugar cómodo donde atenderlo. Llovía a cántaros y aún me quedaba noche. La sangre me bullía bajo la piel; tenía ganas de gritar para liberar el estrés de lo ocurrido. Hacía tiempo que el peligro no me perseguía de aquella forma tan auténtica.
Sin avisar, me adentré en el bosque, que conozco mejor que la palma de mi mano, hacia un claro amplio y repleto de hierbas salvajes y pequeñas piedras. Me dejé ir, canalizando toda mi desesperación en aquel cuadro a gran escala. Las briznas de hierba me servían para marcar los trazos y contornos; las flores daban color a las escenas. Creé con rabia, con pasión y con energía, hasta que la obra estuvo terminada y mi angustia terminó de disiparse.
Pasé algunos minutos allí, arrodillada, con el pelo pegado a la espalda por la pesada lluvia que aún caía, y la túnica romana que no me había quitado rasgada aquí y allá durante el arrebato. Qué cansada estaba. Sería mejor volver.
Entonces lo oí. Era un llanto ligero que provenía de algún sitio a mis espaldas. No supe distinguir de qué criatura sería, pero el sonido llamó lo bastante mi atención como para querer averiguarlo.
Con disimulo, intenté acercarme sin ser vista. Sin embargo, y aunque me avergüence admitirlo, tengo algunos momentos de torpeza. No se puede ser perfecta todo el tiempo. De modo que tropecé con una gruesa raíz y caí de bruces, sorprendiendo a la criatura sollozante, que dio un respingo ante mi repentina entrada en escena.
Me alcé intentando recuperar algo de mi perdida dignidad, y observé lo que me rodeaba. Frente a mí había un roble ancho y viejo, del que manaban gotas de savia color ámbar como lágrimas. El sollozo continuaba, aunque no había nadie a la vista. Supe sin embargo que el árbol estaba herido y casi sin pensarlo lo toqué intentando ayudarle.
Tantos años en el bosque me han conferido ciertas habilidades curativas, y el roce de mis dedos sanó al viejo roble, cuyas lágrimas de ámbar se convirtieron en piedras preciosas. El llanto cesó.
De pronto, como si se hubiera establecido una conexión entre ambos, me di cuenta de que el árbol no era tal. En él habitaba una criatura feérica, un hada, que estaba asustada y emocionada al mismo tiempo.
– ¿Ya estás bien? ¿Qué te ha pasado? –pregunté, sin saber si debía o no esperar respuesta.
Cuando callé, un halo de energía agitó las copas de los árboles, que con el movimiento dejaron caer las gotitas de lluvia que guardaban sus hojas. Y de repente la vi.
Era tal su belleza que mi cuerpo se congeló, demasiado extasiado como para moverse. Su piel verdosa carecía de imperfecciones, y su melena olivácea caía en suaves mechones llenos de blancas flores. Sus ojos asombrados me miraron un instante con una mezcla de sorpresa y curiosidad. Luego, se acercó a mí y me sopló en la cara, generando una ligera brisa con aroma a madera vieja, antes de salir corriendo.
Pasaron largas horas antes de que recuperara la habilidad de moverme. Cuando lo hice, ya no había roble. No era como si se hubiera esfumado, sino más bien como si se hubiera internado en el bosque por sus propios medios. Había dejado un rastro bastante fácil de seguir.
Dudé acerca de si debía arriesgarme e ir en busca de aquel ser. No quedaba tanto para el amanecer. Opté por intentarlo, sin embargo. Nada. Estuviera donde estuviera, era muy lejos, y no sería inteligente arriesgarme a ser sorprendida por el sol. Así que regresé al santuario.
Sí, definitivamente estoy agotada.
Me desperté en la Realidad Cuna y salí del Espejo. Una de las sacerdotisas más antiguas me esperaba, puntual y atenta, como siempre.
– ¿Qué puedo ofrecerle, Señora? –preguntó con una inclinación de cabeza.
­–Traedme un sacrificio, por favor. Necesito recuperar fuerzas.
– ¿Tan pronto, Señora? Vaya, tendremos que acudir al poblado a ver si hay alguna virgen que podamos ofrecerle. Haremos todo lo posible, Señora.
Noté que estaba en un apuro, y sentí cierta pena. Hacía relativamente poco que había ingerido por última vez.  Pero una debe comer, y no es mi culpa que yo sea diferente a los demás Vástagos y tenga que alimentarme como es debido. Me perturba imaginarme una dieta únicamente de sangre. Con lo deliciosas que están unas buenas entrañas…
Me acerqué a ver a Aer, quien sufría una fuerte resaca. Estaba sentado en el sofá, desnudo y enredado en mantas y cojines. La túnica romana estaba echada a perder entre tanta suciedad. Pero, en fin. Quién necesita ropa teniendo un cuerpo como el suyo.
Me miró con los ojos entrecerrados, porque la escasa luz de la vela ya le resultaba excesiva. Me senté sobre el brazo del sofá, dándole un suave masaje en las sienes en un intento de aliviar su dolor de cabeza. Una vez me había tenido que comer a un borracho y conocía los efectos devastadores de aquella sustancia que tanto adoraban los humanos.
–Se pasará pronto. –Le susurré al oído, dándole un beso en la oreja.
Él gruñó, y me acercó a él para cobijarse en mi regazo.
–La resaca me da igual. Pero es que… me he esforzado tanto para proteger a mi gente en Roma… y en una noche se ha ido todo al infierno. –Murmuró. Le acaricié la cabeza. No se me había ocurrido que eso significara tanto para él. Pero ahora que me fijaba, se veía que su malestar era más emocional que físico. – ¿Qué voy a hacer? ¿De qué valgo si ni siquiera puedo proteger a los nuestros?
Lo obligué a alzar la cabeza y a mirarme directamente a los ojos.
–Déjate de tonterías. Lo importante es que estamos bien, tú y yo, lejos de todo aquel lío de locos suicidas. No te tortures con eso; mientras sigas vivo, todo el resto es secundario. Solo si mueres has fracasado, porque entonces sí que ya no hay posibilidad de arreglar las pifias del pasado.
–Pero si ya estamos muertos, Cassandra. No llames vida a esto –suspiró. Odio verle tan débil, tan pesimista. Casi parece humano, con esa actitud de negatividad ante lo que somos.
De modo que lo besé con brusquedad y pasión, regañándole a mi manera. Lo tomé por sorpresa, y soltó un respingo contra mis labios.
–Déjame que te enseñe cuán vivo estás.
Y nuevamente me siguió el juego. Al menos conseguí que se calmara por un rato. Pobrecillo, mi Sire torturado. Ojalá viera las cosas como las veo yo, y dejara de atormentarse a sí mismo.
–Pero eso es imposible. –Dijo Aer incrédulo cuando terminé de contarle mi encuentro con el hada de la noche anterior. – Jamás había oído de ningún Vástago que hubiera conocido a un feérico. ¿Estás segura de que no te equivocas?
Volví a describirle a la criatura. Estábamos en el suelo, sin ropa y cubiertos de almohadones rellenos de plumas de búho que yo misma había recolectado con los años. He de reconocer que sin la ayuda de mi búho ghoul, Hafren, que llevaba conmigo algún tiempo, me habría sido difícil llenar tantos sacos.
Aer se incorporó, apoyando la espalda contra la roca llena de musgo. Se lo veía contrariado.
–Sí que suena como un hada… Si esto resulta ser cierto, puede que seas la primera vampira en conocer una de ellas.
–Bueno, había un rastro que quizá podamos seguir. – Procedí a contarle el detalle del roble ambulante, y la idea pareció resultarle interesante. – ¿Vienes conmigo? Yo necesito ir a comprobarlo al menos.
–No te librarás de mí tan fácilmente. – contestó con una media sonrisa, y, con la velocidad que caracteriza a nuestro clan, nos vestimos y nos pusimos en marcha.
Esta vez teníamos toda la noche por delante, de modo que no nos planteamos rendirnos a pesar de lo largo que fue el camino. Tras varias horas, llegamos por fin a nuestro destino. No tuve siquiera que señalarle el roble en cuestión, a pesar de que él no lo conocía, porque el aura vibrante del árbol delataba su naturaleza.
La belleza del paraje dejó inmóvil a mi Maestro, quien contemplaba con la boca abierta la perfección de la escena. El roble coronaba el claro con su color ambarino y sus hojas danzantes, pero no era el único elemento que llamaba la atención en aquel claro. Los verdes eran mucho más intensos, las mariposas y libélulas volaban rítmicamente en torno al gran árbol y todas las hojas y briznas se mecían al son de un sentimiento puro y alegre que invadía el aire.
Tanta hermosura despertó naturalmente mi espíritu cantor, y sin pensarlo mucho bailé extasiada mientras cantaba dulces versos a la naturaleza, artista donde las haya. Aer seguía sin poder moverse, y su rostro de pura sorpresa y admiración, como el de un niño, me inspiró con más fuerza. Canté al amor, a la belleza, al bosque y a lo eterno. Canté entre risas y bailes, mientras los animales, normalmente aprehensivos, me rodeaban y observaban con curiosidad.
Del roble manaron hilillos de agua, como si en su copa desembocara un pequeño arroyuelo, lo cual terminó de enmarcar aquella escena de cuento fantástico, y deleitó mis sentidos sobreexcitados. Dejé que el agua me mojara sin dejar de mecerme arrullada por la magia del momento. Cuán fresca era, cuán suave y brillante. La probé, preguntándome a qué podía saber un líquido tan agradable.
Nunca había saboreado nada tan dulce, tan exquisito. No debería sorprenderme hallar en aquel escenario el mítico néctar de los dioses de todas las leyendas. Dónde sino, debería haber pensado. Pero el hallazgo me tomó por sorpresa y bebí encantada de aquel chorro de dulzura líquida.
El roble cantó conmigo hasta que la hora me obligó a despedirme de ese idílico rincón. Al marcharme, pude ver al hada de la noche anterior, que me sonrió y me despidió con la cabeza. Le devolví el saludo, muy agradecida por aquella noche maravillosa. Qué bien olía aquella criatura, pensé, antes de tirar de Aer para obligarlo a caminar conmigo hacia casa.
Por el camino de vuelta, vimos casas enteras y poblados que antes juraría que no estaban allí, y el verdor vibrante de la vegetación reverberaba por momentos.
En un momento dado, ya casi de vuelta en el santuario, algo llamó mi atención de forma brusca, arrancándome de mi estado de embriaguez. Una enorme bola de fuego caía del cielo a toda velocidad.
– ¡Aer, mira! –exclamé, señalando con el brazo en dirección a la estela de llamas.
–Pero… ¡pero qué demonios…! –llegó a decir antes de que el meteorito colisionara a pocos cientos de metros de nosotros, enviando una onda expansiva de calor que me echó el pelo hacia atrás.
Corrimos hacia el cráter, a una distancia prudencial del fuego que la lluvia ya iba extinguiendo. Las brasas detuvieron mi avance por un momento, pero Aer tiró de mí y seguimos avanzando. Llegamos por fin a lo alto de aquella montaña de troncos destrozados y humeantes. Abajo, en el centro, se hallaba el meteorito. Solo que no se parecía a un meteorito, sino más bien a un huevo. Un enorme huevo translúcido color ámbar.
– ¿Crees que deberíamos acercarnos? – susurré, prendida al hombro de mi Sire como una cría de canguro aferrada a su madre. A veces me puede el miedo, qué queréis que diga.
–No estoy seguro. –respondió. No obstante, comenzó a descender con cuidado hacia el huevo. Lo seguí de cerca, sin apartar la mirada de aquel objeto misterioso.
¿Era una forma humana la que se distinguía a través de la cáscara? Sí, era un hombre adulto, acurrucado como un feto dentro de aquel recipiente. Solo unos pasos más me permitieron ver su rostro, y en cuanto lo hube reconocido, una risa nerviosa se atravesó en mi garganta, y me lancé hacia él de cabeza a toda prisa y sin pensar.
Después de todo, llevaba casi dos mil años sin ver a mi hijo.
Hace dieciocho siglos, durante mis aventuras con la Reina Negra, Grimatia y Aram, mis idas y venidas habían cruzado mi camino con el de un pequeño ángel, solo un feto, que crecía en un huevo, a manos de una malvada organización que ahora no viene a cuento.
La cuestión es que, en un arrebato de pasión, mi instinto me llevó a darle mi sangre a aquella criatura. Era tan bella, y tan llena de potencial… Sentí una necesidad muy fuerte de tenerla junto a mí, de acercarla a mi camino. Quería que ese ángel fuera mi amigo, mi pequeño. Mi hijito. Llamadlo instinto materno frustrado, o como queráis.
La cuestión es que alimenté al feto con mi sangre, convirtiéndolo en un Nefilim llamado Melos, que me acompañó entre las sombras mientras los hechos se precipitaron hacia su inexorable fin, donde entre los cinco matamos a Lilith, madre de todos los vampiros, al engañarla para que se comiera la Manzana de la Discordia, tras lo cual nos bebimos su sangre.
Mi pequeño se sacrificó para acabar con aquel demonio, y yo lloré lágrimas amargas, creyéndolo perdido para siempre.
Ahora, tras tanto tiempo, el rostro de Melos yacía frente a mí al otro lado de aquella cáscara de ámbar.
– ¡Mi niño! ¡Mi pequeño! –Exclamé con voz temblorosa, incapaz de controlar la emoción. Llamé con los nudillos a aquella superficie dorada. – Melos, sal de ahí.
El hombre abrió los ojos de pronto. Ya no eran negros; ahora eran grises como el cielo. La cascara se partió sin ruido y Melos se alzó, en todo su esplendor, abriendo un sobrecogedor par de alas azules que ocupaban más espacio que Aer y yo juntos. Enmudecí. Mi pequeño era ahora un ángel. Qué locura.
–Madre. –Habló él finalmente con su voz grave, y me abrazó con su piel cálida, como si hubiera volado cerca del sol. Su aroma picaba como el polen en primavera. Melos, que antes era una sombra polvorienta, era ahora un prado en flor. – Tengo tanto que contarte.
No quería soltarlo, pero teníamos que volver al santuario antes de que se hiciera de día.
–Vamos, vamos a casa. Oh, ¡mi niño! Te he echado mucho de menos. Te quiero tanto, tanto. –Lo cogí de la mano y lo llevé junto a Aer, que lo miraba con desconfianza y cierto temor. – Aer, este es Melos, ¿te acuerdas de mi pequeño, hace tanto tiempo?
–Sí –contestó a regañadientes sin apartar la vista de él. – Pero se suponía que estaba muerto.
–Bueno, no te centres tanto en los detalles. – Le regañé, demasiado feliz como para hacerle mucho caso. – Ahora vamos a casa.
En nuestro claro, las sacerdotisas salieron a nuestro encuentro y se postraron ante Melos con auténtica admiración e incluso cierto miedo. Sonreí, llena de orgullo. Mi bebé imponía respeto. Así es como tiene que ser.
Si lo pienso en frío, es gracioso, porque mi “bebé” triplica ahora mi tamaño. Pero bueno, supongo que así se sienten todas las madres.
–Este es mi hijo, Melos. Lo trataréis igual que como me tratáis a mí. –anuncié, repitiendo el discurso que había soltado cuando llegó Aer. Las sacerdotisas se apresuraron a vestir a mi ángel, y a decorarlo con flores y brazaletes.
Él se dejó hacer, pero no quiso demorarse con nada más.
–Vamos, Madre, no tengo mucho tiempo. –Aer, Melos y yo entramos en mi habitación y nos sentamos a la mesa. Melos hizo crecer de la nada una manzana roja, madura y brillante, y le pegó un mordisco antes de hablar. Se detuvo un instante, como si pensara en ofrecernos un poco a nosotros, pero pareció recordar que ese no es nuestro alimento y desistió.
El aire se tornó solemne de pronto.
–Traigo muy buenas noticias para ti, Madre.
No supe si alegrarme o no, porque las buenas noticias en mi mundo suelen terminar siendo malas noticias camufladas. Por eso, y porque la noche ya había sido sobrenaturalmente fabulosa. ¿Más cosas agradables? Como poco, había que sospechar.
– ¿Qué ocurre, niño mío?
–El Cielo ha decidido perdonarte la maldición. Has servido bien a Dios al ayudar a acabar con Lilith, y han decidido recompensaros. Ahora es el momento.
– ¿La maldición? ¿Estoy maldita? – Al principio no entendí a qué se refería.
–Dios te ofrece convertirte en humana. Retirarte la maldición de Caín. Y a mí me gustaría que aceptaras la oferta.
–Pero… Bueno, Melos, pequeño, yo soy feliz siendo como soy. –Ah. Al parecer le habían lavado el cerebro a mi bebé con eso de que los vampiros estamos malditos. En fin.
–Es la única forma de salvarte, Madre. Si no lo aceptas, no podré hacer nada por ti.
– ¿Salvarme? ¿De qué? ¿Es que va a pasar algo? – Una ya tiene sus años, y con la edad he aprendido que cualquier advertencia, por nimia que parezca merece ser escuchada.
Como era de esperar, él no respondió.
–Eso no puedo decírtelo. Pero te invito a reconsiderar la oferta y a seguir el buen camino. Me dolería mucho perderte.
Mi niño es tan dulce. Sonreí orgullosa de su preocupación por mí. Qué bello es mi pequeño. Acaricié su mejilla como muestra de cariño.
–Cada uno tiene su camino, Melos, y este es el mío.
Su gesto se entristeció, pero no me lo volvió a echar en cara.
–Bien, si esa es tu decisión, tendré que marcharme a llevar la oferta a los demás.
– ¡Oh, no! ¡Quédate un tiempo conmigo! Te enseñaré estos bosques, y las ciudades del continente…. ¡Son tan bonitas! –No quería que se fuera. Acababa de recuperarle.
–Lo siento, Madre. Debo marcharme. –Melos se alzó, y me miró una vez más con esa sonrisa triste suya. – Si cambias de opinión, solo tienes que invocarme y volveré a por ti.
El ángel se evaporó en el aire, dejando tras de sí una única pluma azul. Contemplé inmóvil, en silencio y con gran pesar el espacio donde segundos antes había estado mi hijo perdido. Aer fue el primero en reaccionar. Se levantó de la silla y se acuclilló junto a la pluma caída. La tomó entre sus dedos, observándola sin mirar.
–Deberías aceptar esa oferta. –Dijo finalmente.
No pude evitar reírme ante tamaña locura. Desde luego, había sido una noche muy larga y a Aer se le iba la pinza.
– ¿Pero de qué hablas? ¿Ser humano otra vez? Eso es igual que morir, Aer. Los humanos duran un suspiro. Y eso cuando no terminan siendo la cena de algún ser sobrenatural. Por todos los Dioses, ¿qué puede haber de bueno en ser mortal?
–El sol. –Se limitó a decir, y yo no supe rebatir ese argumento. Todos los condenados a la noche terminábamos por echar en falta el sol, su luz y su calor. El peso de la palabra retumbó un instante, hasta que Aer siguió desarrollando el pensamiento– El latir del corazón. La vida, Cassie. Eso es lo que se te está ofreciendo. Solo digo que… Piénsatelo, ¿vale? Esto es único. Realmente único.
Yo no dije nada. No me moví; no lo miré. Él dejó la pluma sobre la mesa, y se fue a su ataúd. Y yo me quedé ahí, sin pestañear siquiera, hasta que el amanecer me obligó a meterme en mi Espejo.
– ¿Te gusta la fiesta? –pregunté a Aer, que se hallaba sentado a mi lado, sosteniendo una copa de sangre. A nuestros pies, un grupo de músicos y un bardo cantaban historias, mientras mis sacerdotisas bailaban, comían y se divertían. Hafren revoloteaba alrededor de nuestra tribuna y se posaba a mi lado de vez en cuando para que le diera algún trocito de rata troceada.
Al despertarme ese anochecer había decidido que el ambiente estaba demasiado lúgubre y cargado tras la marcha de Melos, así que anuncié a mis sacerdotisas que la Diosa exigía celebración y júbilo. A ellas también les hacía falta un poco de diversión, así que la fiesta no vino nada mal.
–No está mal. –Respondió Aer, dedicándome una sonrisa distraída. No apartaba la mirada de la copa de sangre, que movía en la mano, haciendo que la sangre girara en remolinos. Tampoco había abierto la boca desde que había salido del ataúd.
–Si no te gusta puedo darla por terminada. Podemos hacer lo que quieras. ¿Quieres que vayamos a nadar al río? El agua está increíble ahora que empieza la primavera. –Sugerí. Quería que se divirtiera, que se riera de verdad.
–Estoy bien, Cassandra, de verdad. Tus bailarinas son muy buenas. ­­­–dijo y volvió a sonreírme para que me callara.
–Joder, Aer, vale que no te guste la fiesta, pero al menos no me mientas tan descaradamente. –Cómo se atrevía a decirme aquello. Yo me desvivo por complacerle, pero él no colabora lo más mínimo.­– No has mirado ni una vez a las bailarinas. No estás escuchando la música. Y desde luego, no estás bien. Así que dime qué puedo hacer para que vuelva a interesarte el mundo, antes de que la miseria y la angustia acaben contigo. –Sin darme cuenta había ido alzando la voz, y ahora muchos rostros humanos nos echaban miradas curiosas, aunque no se atrevían a cotillear abiertamente– ¡Seguid bailando! –Grité enfadada, y ya nadie osó interrumpirnos.
Aer me miraba con los ojos entrecerrados.
–Soy tu Sire y me debes respeto. –Empezó. – No toleraré que me hables de esa manera.
–Aer, por favor, no me vengas con ese discurso para neófitos. –Aún me daba miedo cuando se enfadaba, pero con los años había aprendido a disimular y fingir que su tono de “Maestro irritado” no me afectaba en absoluto. – ¿No ves que solo intento ayudarte?
–Cassie, no hay nada que puedas hacer por mí. Así que disfruta de tu fiesta, ¿quieres?
–Esto es por esa dichosa pluma, ¿no es cierto? Sigues pensando en ella.
–No es lugar de hablar de eso, Cassandra. –Me cortó con brusquedad. A pesar de que era consciente de que estaba presionando mucho, no me dejé amedrentar. Seguí hablando, aunque bajé considerablemente la voz.
–No voy a renunciar a la inmortalidad si no es por una buena razón, y ser humana definitivamente no es una de ellas. Y esa es mi decisión, ¡así que deja de echármelo en cara!
Aer se inclinó sobre los almohadones, visiblemente irritado. Tuve que controlarme para no echarme a temblar.
–No tienes ni idea de cuán precioso es el trato que se te ha ofrecido. Rechazar algo así es de necios. ¿Y eres tú la que habla de protegerme a mí? Empieza por elegir lo mejor para ti misma.
–Aer, ¡los humanos se mueren! ¡No quiero morir! Ser inmortal es la mejor opción.
Él volvió a recostarse en su lecho de cojines de pluma y respiró hondo antes de contestar.
­–Eres demasiado joven. –Esperé un momento a que continuará, pero en lugar de eso volvió a centrarse en los remolinos de su copa de sangre.
–No soy joven, ni mucho… –comencé, pero enmudecí de pronto cuando una sensación aguda y penetrante constriñó mi garganta.
Aer notó enseguida que algo no iba bien y con la velocidad de un rayo de luz se acuclilló a mi lado.
– ¿Qué pasa? ¿Qué es?
Los humanos dejaron de bailar atentos a la situación de los dioses de la tribuna. Tosí, a ver si el gesto disipaba la molestia que me agarrotaba el pecho. No funcionó.
Conocía la sensación. ¿Qué era? Hacía siglos que no la experimentaba. Me di cuenta de lo que era mientras mis piernas me obligaban a ponerme de pie.
–Me invocan. ­–Contesté a mi Sire, antes de que la llamada me hiciera correr a máxima velocidad y lanzarme alocadamente a mi espejo transportador.
Si fuera humana, estaría jadeando de la impresión. Odio que me arranquen de mi hogar de esa forma. Odio aparecer así sin más en un lugar desconocido. Y menos cuando el caos tan exagerado como el que me encontré al llegar a mi destino.
Estaba en un cementerio, sobre el césped verde que manchaba mi túnica. Dos vampiros peleaban, y otros observaban la situación en tensión. Reconocí a Aram, el vampiro que me faltaba encontrar de nuestro viejo cuarteto, como uno de los luchadores. Matia y Nakomi estaban de pie sin intervenir. No conocía a la cuarta vampira, que parecía estar en cólera y deseando arrancarle la cabeza a Aram.
Pero eso no fue lo que más me impresionó. En el cielo, como si fuera un gran lienzo de pintura, aparecían imágenes de la batalla de Roma. Destrucción, sangre, lucha. Garras, aullidos, dolor. Todo envolvía la bóveda celeste y llenaba la ciudad de terror. Agudicé el oído y oí como los humanos huían despavoridos. No era para menos; aquello me impresionaba hasta a mí.
Era consciente, gracias a los dioses, de que era poco probable que aquello fuera real. Conocía vampiros que hacían esa clase de trucos. No era más que una ilusión. Así que me obligué a centrar mi atención en lo que sabía que era real.
Matia se me acercó trotando alegremente.
– ¡Cassie! Eras la única que faltaba, así que te invoqué. Espero que no te importe. – La niña me dedicó una sonrisa que pretendía ser de disculpa pero que solo consiguió enervarme más.
Así que había sido esta la insolente que había osado interrumpir mi conversación con Aer, arrancarme de mi fiesta y me había hecho manchar mi túnica con asqueroso césped de cementerio porque según su loco criterio yo “era la única que faltaba” en su pequeño escenario dantesco. Si no la conociera, hubiera asegurado que era una Malkavian.
Ahora con más perspectiva creo que igual fui un poco agresiva, pero en el calor del momento, golpeé a aquella niñata atrevida con todas mis fuerzas. Matia salió disparada hacia atrás, llevándose consigo varias lápidas, y aterrizando a los pies de un viejo ciprés.
Me acerqué a ella con la velocidad que me caracteriza y me acuclillé a su lado. Ya había empezado a regenerarse, pero el golpe le había hundido la nariz. Qué bien me sentó.
–Si vuelves a invocarme de esa manera, el golpe que te llevarás no va a ser tan amistoso como este.
Fui hacia mi Espejo. Aram había desaparecido, y Nakomi y la otra vampira parecían muy preocupadas.
– ¡Cassandra! –Llamó la Reina Negra– Necesitamos tu ayuda. ¿Puedes teletransportarte?
Vale. Imagino que había vuelto a la acción, lo quisiera o no. Sería mejor colaborar. Además, qué diablos, en realidad sí que me apetecía un poco de marcha.
–Sí. ¿Qué pasa?
–No hay tiempo para explicaciones. Llévame con Anath.
Me llevó un instante recordar a la vampira del clan Ravnos que nos había ayudado hacía tanto tiempo, pero en cuanto tuve su imagen en la cabeza, Nakomi y yo aparecimos en su palacete.
Un sirviente nos llevó ante la señora, que nos recibió sonriente y muy educada. Nakomi habló, y yo presté atención, intentando dilucidar los detalles de la situación.
–Anath, perdona que vuelva a molestarte tan pronto, pero Cartago está en peligro y necesitamos la ayuda de un Ravnos.
El gesto de Anath rebeló que no le gustaba la petición.
–Lo siento, querida, pero no voy a involucrarme con Cartago. No son amigos míos.
Nakomi casi bufó de exasperación, pero se contuvo para no ofender a la vampira. Me hizo gracia como después de todo aquel tiempo aquella situación me resultaba tan natural como si me ocurriera todos los días. Nakomi no había cambiado nada.
–Lo entiendo, señora, pero al menos dime dónde puedo encontrar ayuda. Realmente la necesitamos.
Anath nos observó con mal disimulado interés durante un instante antes de responder. Parecía que disfrutaba con la tensión de Nakomi.
–Está bien. Podéis ir a ver a uno de mis hijos, Alexander, que vive en Guiza. Él quizá esté dispuesto a ayudaros. Por un buen precio, claro.
–Gracias, señora.
Segundos más tarde estábamos en Guiza, donde ya casi era de día. Tuvimos que apresurarnos para hablar con el hijo de Anath, que casi se niega a recibirnos a causa de la hora.
–Traemos una buena oferta, señor. Tu ayuda podría salvar una ciudad entera. –Negoció Nakomi haciendo uso de su encanto.
Él la miró como si fuera un saco de dinero.
– ¿De cuánto estamos hablando exactamente? –inquirió.
–No lo sé con seguridad, pero si accedes a acompañarnos, estoy convencida de que la líder de la ciudad querrá pagarte bien.
Se lo pensó un momento, y finalmente accedió.
–Está bien. Tengo un barco en el muelle que siempre está preparado. Puedo llamar a la tripulación y partir en cuanto estén listos.
Nakomi rio levemente divertida.
–No hará falta. Tenemos nuestros propios medios. Síguenos, por aquí.
Al atravesar el espejo, la vampira desconocida llegó a un pacto con Alexander y la ilusión del cielo se esfumó. La calma pudo notarse en los rostros de todos los presentes.
–Muchas gracias, querida, por tus servicios. Cassandra de Atenas, ¿no es así? –Anda, mira, una fan más. Le sonreí mientras asentía. – Yo soy Aleia, líder de Cartago.
No mencionó su clan, y me quedé intrigada, aunque evidentemente no pregunté. Es de mala educación.
–Encantada. Me preguntaba si podía pasar la noche en su refugio. Ya que me he visto arrastrada hasta aquí –Matia bajó la mirada en su mejor intento de parecer arrepentida. Me bastó con eso de momento. – sería agradable pasar un rato con mis viejos amigos.
–Por descontado, querida –me sonrió Aleia. – En Cartago, todos los nuestros tienen cobijo. En general ofrecemos también alimento, pero en tu caso… –bajó la voz, y el hecho de que conociera ese dato de mí sí que me llamó la atención. –… comprenderás que no es posible.
–Por supuesto. –Le sonreí con cortesía.
De camino al palacete de Aleia, Nakomi, Matia y yo caminamos juntas. Nakomi me puso al día de la situación. Al parecer, Nakomi se había aliado con Cartago y de momento se estaba quedando allí. Esa noche y sin precedentes, las imágenes terroríficas que me habían recibido habían aparecido en el cielo, lo cual suponía un gran problema para esa ciudad, donde los vampiros pasaban desapercibidos al hacer creer a los humanos que lo sobrenatural no existía.
Esa noche no hicimos mucho más. Les hablé de mi vida, de mi santuario en Gales, y todo eso, mientras que ellas me pusieron al día de las aventuras que habían vivido en aquellos años. Finalmente nos fuimos a acostar. Me prepararon un ataúd y todo, aunque, como de costumbre, me siento más segura en mi Espejo.
A la noche siguiente, en cuanto me desperté, le dije a Nakomi que tendría que volver un momento a casa, al menos para hacer saber que estaba bien y para coger mis armas.
–Sabes que eres libre para hacer lo que quieras. –me contestó.
– ¿Qué vais a hacer vosotros?
–Tenemos un asunto que resolver en el cementerio donde nos encontraste ayer. Puedes esperarnos allí si quieres.
Llegamos a ese acuerdo y me escabullí por mi espejo de vuelta a casa. Aparecí en mi habitación, donde la misma sacerdotisa de siempre esperaba, con la misma eficiencia de siempre, por si se presentaba la oportunidad de serme de utilidad. Qué adorables son.
– ¿Dónde está Aer? –pregunté, ansiosa por hacerle saber que estaba a salvo.
–Partió, Señora. Os dejó esta carta. ­–contestó ella.
Cogí la carta que me extendía sin terminar de procesar lo que me había dicho. Aer se había ido. ¿Por qué todos se iban? Rompí el sello y leí.

Querida Cassandra,
Debo volver a Roma. Como Primogénito del Clan, tengo que estar ahí para reconstruir la ciudad, y hacer lo que pueda por los nuestros. Espero que estés bien, y que me hagas saber si necesitas cualquier cosa. Actúa con sabiduría, pequeña. Confío en que tomes la decisión correcta.
Sabes que te quiero.
Aer

Tras leer la última línea dediqué un segundo a hacerme a la idea de que volvía a estar sola. Bien. Le indiqué a la sacerdotisa que me ausentaría unos días, y que ella y las demás líderes estarían a cargo de que todo marchara bien en mi ausencia.
Cogí mis cosas como un autómata. Inconscientemente me hice con mi arco, con una túnica nueva y el resto de pequeños objetos de los que no me separo nunca. Antes de marcharme, reparé en la pluma azul que Melos me había dejado, ahora abandonada sobre una mesa.
¿Debía considerar aquello un presagio? Ya de por sí estaba cargada de significado y de promesas. Pero, ¿por qué había Melos descendido ahora, después de tanto tiempo? ¿Por qué me había dado aquella oportunidad a mí, si no había hecho nada para merecerla? Y lo más importante de todo, ¿Por qué sentía estas ganas tremendas de llorar tras haber leído la carta de Aer? ¿Por qué sentía esas líneas como un ‘adiós’ más que como un ‘hasta pronto’?
Silencié mi parte paranoica y sacudí la cabeza. Eso sí, antes de esfumarme a través de espejo, me aseguré de que la pluma azul estuviera bien guardada en mi bolsillo.
No sé a qué habían ido al cementerio, pero cuando el grupito salió de la cripta, me pareció que estaban más pálidos que de costumbre, lo cual ya es decir.
–Te presento a mi progenie, Thomas. –Dijo Matia. Estreché la mano del joven vampiro, que apenas varió el gesto al saludarme. Se notaba que hubiera pasado lo que hubiera pasado en esa cripta, no había sido agradable.
Llegamos al palacete y algo raro ocurrió dentro de mí. Lo noté, como si fuera un resorte. Fue como un descubrimiento muy tonto, como si por primera vez en mi existencia me diera cuenta de que hay una luna en el cielo. Algo tan obvio que me sentí idiota por no haberlo notado antes. Los “otros” a los que se había referido Melos eran los otros miembros del cuarteto de locos de mi juventud: Matia, Nakomi y Aram.
Me llevé a Matia y a Nakomi a mi habitación. Ambas me prestaban atención intrigadas cuando hablé.
–También se os ha aparecido Melos, ¿no es cierto? – solté, harta de rodeos. Ellas intercambiaron una mirada.
–Sí. ¿Te hizo la misma oferta? – inquirió Nakomi.
–La humanidad.
–Tiene sentido que se te apareciera; es tu hijo.
– ¿Vais a aceptarla? –pregunté. En otras circunstancias sería menos directa, pero ahora sabía que el tiempo se me echaba encima. Ellas callaron un instante.
–Yo tengo una misión, y para llevarla a cabo necesito ser como soy. Ser humana no tendría sentido para mí –contestó Nakomi, siempre más resuelta. Matia no abrió la boca, pero se miraba los zapatitos de charol con demasiada insistencia.­– De hecho, partiré mañana por la noche. Voy a matar a todos los primogénitos que accedieron a matar a las líneas de sangre.
Aunque no tenía muy claro de qué me hablaba, aquello de “matar a los primogénitos” me pinchó como una aguja. Ella lo notó enseguida, y se rio ante mi gesto.
–Tranquila, a tu Sire no pienso tocarlo. Él votó que no a la masacre de mi clan.
Entendí su sed de venganza. Según lo que decía, los principales clanes habían votado por el exterminio de las líneas menores, entre ellas la suya, lo cual coincidía con lo que yo había ido viendo por el continente los últimos años.
En otro momento, habría ido con ella con sumo gusto. Pero ahora entendía que, si queríamos sobrevivir, aquello tenía que esperar.
–Si Melos fue a veros, estoy segura de que os habrá dicho algo similar a lo que me dijo a mí. Habló de “salvarnos” de algo. ¿No es cierto?
Ellas hicieron memoria. Matia negó con la cabeza, restándole importancia.
–Probablemente se refiriera a nuestras almas. Nuestras almas están condenadas a la tortura eterna. Seguro que quiso decir “salvar nuestras almas”.
Ahora fui yo quien desechó la idea.
–Eso fue lo que pensé al principio, pero ahora no estoy tan segura. Veréis… Tengo una sensación. Es como un augurio, no sabría decir. Pero estoy convencida de que esas palabras eran literales. Hay algo que se aproxima. Algo que nos exterminará, solo por el hecho de ser vampiros. Creo que el convertirnos en humanas es salvar nuestras vidas, no nuestras almas.
Pensaron un momento en mis palabras, pero no parecían muy convencidas.
–No sé, Cassie. ¿Otro Apocalipsis? –dijo finalmente Nakomi. – En serio, que se ocupe otro. Yo tengo cosas más importantes que hacer.
Hizo el amago de levantarse y salir de la habitación, pero yo sabía cómo detenerla.
–Si me ayudas en esto, te prometo mi ayuda incuestionable en tu cruzada contra los Primogénitos.
El gesto de Nakomi cambió radicalmente. Una sonrisa se dibujó en su cara.
– ¿En serio? –dijo con voz engañosamente dulce.
–Tienes mi palabra –aseguré.
– ¿Y tú, Matia? ¿Tú también me lo prometes?
–Sí, claro. –Contestó ella. Hay que admitir que al menos es una niña dispuesta a echar un cabo cuando hace falta. Nakomi ensanchó su sonrisa.
–Entonces, ¿a qué esperamos? Manos a la obra con ese Apocalipsis.
Hicimos una parada en el refugio de Matia en Rusia para dejar a Thomas. Al parecer a Matia no le hacía mucha gracia que su progenie se viera envuelta en aquello. En realidad daba igual cuántas paradas hiciéramos, porque con el espejo no suponía una verdadera pérdida de tiempo.
–Vale. Ahora vamos a ver a Anath –sugirió Nakomi. –Tiene una biblioteca increíble donde se puede hallar prácticamente cualquier información.
Accedimos, y en un pestañear estábamos en el vestíbulo del palacete de la Ravnos. Se nos llevó hasta ella.
–Vaya, hola otra vez –dijo al vernos. La habíamos interrumpido comiendo y tenía los labios manchados de sangre cuando entramos en sus aposentos. El joven que yacía desnudo sobre la cama con dosel nos dedicó una mirada curiosa. Tenía dos hilillos de sangre bajándole por el cuello– Parece que os agrada mi compañía. Últimamente me visitáis constantemente.
–Perdona, Señora. –Se disculpó Nakomi en nombre de todos. –Pero tenemos cierta información que nos gustaría completar con tu biblioteca.
La sonrisa de Anath se tornó interesada, un gesto que ya asocio con ella. Le hizo un gesto al muchacho, que se puso en pie y salió de la habitación.
– ¿Y qué información es esa, si puede saberse? –inquirió, divertida.
–Tenemos razones para creer que se acerca algún tipo de peligro para los Cainitas. Algo que el Cielo mandará para exterminarnos. Nos gustaría saber si ese peligro es real o no.
La vampiresa se recostó sobre las sábanas de seda rojas.
–Ah. –Suspiró– Apocalipsis. Hay alguien anunciando uno todos los días. ¿Quién os dio esa información?
–Bueno, verás… –Nakomi nos miró a ambas antes de decir nada. Yo asentí– Un ángel bajó a agradecer nuestro servicio al cielo por haber matado a Lilith. Sus palabras nos llevaron a entender que se acercan problemas. Evidentemente, si nos permites usar tu biblioteca, te informaremos de cualquier cosa que descubramos.
El gesto de Anath titiló como el brillo de una estrella. La verdad es que nuestro informador tenía como poco la pinta de ser fiable.
–Está bien, podéis utilizar mi biblioteca si lo necesitáis. Venid, seguidme. Nakomi ya conoce el camino, pero haré los honores igualmente.
Bajamos por unas escaleras, y Anath dibujó extraños símbolos en el aire con la antorcha. Una puerta se abrió hacia una realidad paralela con forma de biblioteca donde cientos de seres humanoides trabajaban como escribas, sin descanso. Uno se nos acercó en cuanto hubimos entrado. Abrió la boca, y, sin gesticular, salió de ella el sonido, con un eco metálico inquietante.
– ¿Qué desea hoy la Señora? ­–Preguntó.
–Adelante –Nos indicó Anath– Preguntad lo que queráis.
Nakomi titubeó un poco.
–A ver… Queremos saber cualquier información que tengáis sobre apocalipsis relacionados con los Hijos de Caín, con los ángeles o con Dios.
– ¿En qué…? Señora… ayudarl… Yo… Yo… Yo –De la boca metálica salió humo y el ser implosionó en una nube de engranajes y humo. Otro muñeco tomó el lugar del primero y abrió su boca mecánica.
– ¿Qué desea hoy la Señora?
Nakomi se rascó la cabeza confusa y yo me adelanté.
–Apocalipsis Cainita.
El ser inclinó la cabeza y la volvió a levantar en un burdo intento de asentir.
–Espere un momento, por favor.
En cuestión de minutos, volvió ante nosotros y nos puso delante una gran pila de documentos de todos los tamaños y épocas.
–Qué divertido. –dijo Nakomi con una mueca.
–Cuanto antes empecemos antes terminaremos, así que, como dijiste antes, manos a la obra.
Y las tres nos sentamos a regañadientes a leer papeles.
–Esto es una tontería –Exclamó Matia ya harta de tanta hoja polvorienta. –Aquí no hay nada. No vamos a encontrar nada importante en una biblioteca. Tenemos que preguntar a alguien experto en la materia.
– ¿Como quién? –pregunté mientras apoyaba la cabeza en la palma de mi mano. Ya llevábamos un par de horas allí sentadas y tampoco me sentía muy cómoda.
–No sé… A lo mejor alguna vidente de esas que leen la mano en los pueblos.
–Eso es una tontería. No podríamos fiarnos de nada que diga, porque la mayoría no son más que impostoras –señaló Nakomi. – Aunque podríamos preguntarle a Anath si conoce a alguna.
Estuvimos de acuerdo en ese punto y nos acercamos a la Ravnos que observaba unos documentos que uno de sus escribas le enseñaba mientras asentía. Le expusimos la pregunta, y se quedó pensando por un momento.
–Todo lo que mis videntes puedan haberme dicho está en esta biblioteca. No se me ocurre qué más pudieran indicaros. Aunque… –pareció reparar en algo, y entonces miró a Nakomi. – ¿no conocías tú una bruja?
Nakomi pareció comprender a qué se refería la otra vampira, y se dirigió a nosotras.
–Es cierto. Anath tiene razón. Conozco una bruja que vive en unas montañas. Si hay alguien que pueda saber algo al respecto, es ella.
Nos despedimos de Anath con la promesa de mantenerla al tanto, y cruzamos el espejo en dirección a las montañas de la bruja.
–Quedaos aquí –nos indicó Nakomi. –Solo se mostrará ante mí si voy sola. Volveré en cuanto haya hablado con ella.
Nakomi se alejó por entre las grietas de la enorme montaña hasta llegar a una cueva que se adentraba en la roca. Matia y yo nos sentamos a esperarla. Pasaron los minutos, y de pronto un derrumbamiento tapó con escombros la entrada de la cueva.
–No puede ser casualidad. Tenemos que ir a ayudar –Dije, poniéndome de pie. Matia me retuvo cogiéndome del brazo.
–No. Mira, su aura muestra que se encuentra bien. Esperemos un poco.
Eso hicimos, y varios minutos más tarde cuando la tensión pudo con nosotras, acudimos a la entrada de la cueva. Intentamos romper las rocas, pero a cada piedra que apartábamos siempre aparecía otra.
–Usa el Espejo –Sugirió Matia.
Con mi querido portal, pudimos entrar a la cueva. Desde el interior misteriosamente, la entrada no parecía obstruida. Debía de ser, me dije, una de esas cosas mágicas que hacían los humanos. Qué mal me caen los magos.
En la cueva no había nadie sino Nakomi. La bruja había desaparecido.
– ¿Y bien? ¿Qué te ha dicho? –Pregunté. Unas nubes muy feas cubrían el cielo, y la sensación de mi interior empeoraba por momentos.
El rostro de Nakomi mostraba sorpresa e inquietud.
–Os mostraré lo que la bruja me ha enseñado.
Una corriente de pensamiento se coló en mi mente y en la de Matia, llevando una profecía con ella
El fin de los Cainitas se acerca. Cuando llegue el momento, Lilith llamará a sus hijos al infierno. Los que no la sigan, sucumbirán al castigo de Dios, que enviará a la tierra una lluvia que hará que los Hijos de Caín sean incapaces de alimentarse y perezcan de inanición.
Si esta información se transmite fuera de esta cueva, morirás
Las palabras de la bruja resonaron en mi mente por un momento. Abrumada, me recosté en la pared de roca. Pronto, todo el mundo habría acabado. Miles morirían, y yo no podía siquiera advertirles de que debían buscar refugio.
Era el mundo quien sufriría, no solo nosotros los malditos. Todo a causa de un Dios que no sabía sino fastidiar. Conocía demonios más productivos.
Y a pesar de entender la enormidad de la destrucción que se avecinaba, lo que más me pesaba era la pluma azul de mi bolsillo. La sensación de inquietud que me había acompañado todo aquel tiempo no se debía al caos que se avecinaba, ni al fin del mundo, ni a la muerte de los Cainitas.
Se debía a que en realidad ya sabía para qué usaría la pluma. No hacía falta que me lo dijeran; sabía que su efecto solo duraría hasta que comenzara la catástrofe. Y aunque mi decisión estaba tomada, y había elegido seguir siendo una Cainita, todavía había algo que podía hacer con aquel objeto.
Lo había sabido todo aquel tiempo. Era algo muy natural, muy obvio, algo que no necesitaba explicación ni desarrollo. La elección que tenía que hacer no era entre inmortalidad y humanidad, sino entre egoísmo y amor. Entre mi felicidad y la de otro. A cada segundo que pasaba, la pluma pesaba más y más, y su presencia me iba desgarrando de a poco.
– ¿Qué haremos? –preguntó Nakomi. – Cuando empiece el diluvio, digo. ¿A dónde podemos ir?
La miré sin verla un segundo antes de volver en mí.
–A mi espejo. –Contesté con naturalidad. – Hay una realidad en la que duermo siempre. En esa realidad paralela estaremos bien. Aguantaremos allí hasta que pase el peligro.
–Vale. ¿Y ahora a dónde vamos? ¿Podemos ya empezar con mi venganza? –Preguntó Nakomi con una sonrisa de emoción. No pude evitar reírme.
–Todavía hay una cosa que tengo que hacer. Necesito acercarme a Roma e invocar a Melos.
Las dos me miraron sin comprender.
– ¿Vas a aceptar su oferta?
–No. Pero tengo que hablar con él.
–Entonces vayamos a mis túneles. –Sugirió Matia. Como nadie se opuso, nos transportamos allí.
–Voy a ir bloqueando las entradas para más seguridad –Anunció la pequeña. – Dame unos minutos.
Dicho esto, se retiró a las dos bocas de túneles y comenzó a invocar tupidas enredaderas. Nakomi aprovechó el intervalo para invocar una de sus criaturas de sombra. No entendí muy bien cómo funcionaba su técnica ni para qué la necesitaba ahora, pero yo me retiré a un rincón y aproveché esos minutos de paz para cerrar los ojos y no pensar.
–Ya estamos. –Anunció Matia instantes más tardes. Cuando abrí los párpados, vi exuberante vegetación taponando los túneles y una sombra flotante de ojos rojos detrás de la sonriente Nakomi. – Cuando quieras. Nosotras estaremos por aquí, por si nos necesitas.
Les sonreí, sostuve la pluma en alto y cerré los ojos, llamando a mi niño para que viniera a mi lado.
Unos instantes después, en un halo de luz, mi pequeño se materializó frente a mí, tan bello como la última vez.
No quise perder el tiempo, por miedo a cambiar de opinión.
–Tengo que hacerte una pregunta, hijo mío. –Él asintió, expectante. – Este don que me has ofrecido… ¿puedo cedérselo a otro? Hay alguien a quien deseo salvar, y si es posible, quiero que tenga lo que quiere.
Melos me sonrió, con esa sonrisa triste tan suya. Cómo quiero a mi pequeño, tan dulce y tan brillante.
–Solo tienes que entregar mi pluma. Quien me invoque con ella recibirá el don. Pero solo puede usarse una vez, y si lo cedes, estarás condenada.
–Gracias, hijo. –Le sonreí, y dos gruesas lágrimas rojas me bajaron por las mejillas. Sabía que esa era probablemente la última vez que lo vería así, junto a mí. Vivimos en mundos diferentes, y al final, tenía razón: nuestros caminos son tan contrarios que no es probable que vuelvan a cruzarse. – ¿Puedo abrazarte? –Sollocé con voz temblorosa. Él asintió y volvió a envolverme en su cálido abrazo. – Te quiero mucho, mi niño. Cuídate.
–Yo también te quiero, mamá.
Luego nos separamos, y Melos se esfumó como una hebra de humo agitada por el viento.
–Haremos una última parada antes de ir a la guerra, Nako. –Anuncié a las dos vampiras que esperaban recostadas en sendas columnas.
–Lo que necesites, Cassie. ¿A dónde vamos? –La Reina Negra me dedicó una media sonrisa.
–Al palacete Toreador, por supuesto. –contesté. Y cruzamos el Espejo.
Me aseguré de que mis mejillas estuvieran secas y limpias de sangre antes de presentarme en el despacho de Aer.
Les pedí a Nakomi y a Matia que esperaran fuera, y ellas accedieron. Nakomi me puso los ojos en blanco, aunque, bueno, era de esperar. No es muy sentimental.
Aer trabajaba en aquel escritorio, como si le fuera la vida en ello. Los mechones rubios le caían desordenados sobre la frente. Las ojeras volvían a reinar sobre su rostro. Escribía y escribía, a saber qué, tan apasionado como el primer día.
Por eso lo amo tanto; porque sea lo que sea que haga lo hace con pasión y dedicación. Aunque tan solo sea firmar documentos y redactar peticiones. Dioses, le quiero tanto…
Me ordené olvidarme de mí misma durante cinco minutos. Solo cinco minutos para seguir el legado de mi Maestro; cinco minutos para ser altruista hasta la autodestrucción. Cinco minutos en que cometería el mayor crimen hacia mí misma para conceder el mayor regalo a aquel al que amo. Cinco minutos para realizar el único acto de humanidad que pensaba permitirme en toda mi existencia. Como no, el que más me dolería.
–Oh, Cassandra, perdona –dijo Aer reparando en mí– Estaba tan concentrado que ni siquiera te vi. Pasa, no te quedes en la entrada. ¿Qué necesitas?
Avancé hasta él y puse la pluma azul sobre la mesa. Él me miró sin comprender.
–Quiero que lo tengas tú. Lo he preguntado y puedes ser humano si lo deseas –No podía mirarlo a los ojos. No podía permitirme ver esos ojos oscuros sin romper a llorar. ¿Qué estaba haciendo? La humanidad era la muerte. Estaba matando a mi Sire.
Aer se levantó y rodeó el escritorio para quedar frente a mí.
– ¿Es en serio? ¿Podemos ser humanos? ¿Los dos? ¿Envejecer juntos, tener hijos, tomar el sol? –Aparté la cara. No quería verlo, no podía, no podía. Él me tomó la cara entre las manos y me obligó a mirarlo. Ya no pude contener las lágrimas y las mejillas se me bañaron en sangre.
Sin embargo, su expresión feliz y su mirada brillante ante la idea fueron el empujón que necesitaba. Quizá, si tuviera que elegir, fuera mejor morir feliz que vivir sufriendo.
Negué con la cabeza.
–No. Solo uno puede. Y quiero que seas tú.
Dejó caer la mano que tenía sobre mi mejilla.
– ¿Estás renunciando a tu humanidad por mí? –Asentí, y él me besó la frente, susurrando las palabras contra mi piel – No… No, Cassie. Entonces no puedo aceptarlo.
–Si no lo tomas tú, el don se perderá, porque yo no voy a reclamarlo. –Insistí. Solo cinco minutos, me recordé. Cerré los dedos con fuerza apretando la tela de su túnica. – No hay tiempo, Aer. Si lo deseas, es tuyo.
Lo apreté más fuerte contra mí. Sabía que estaba manchando su túnica blanca con mis lágrimas de sangre,  pero en ese momento no había nada en el mundo que me importara menos.
–No quiero dejarte –murmuró contra mi pelo, y su voz se quebró por primera vez desde que tengo uso de razón. – Al menos… ¿te quedarás conmigo? Mientras esté vivo, ¿estarás a mi lado?
–Siempre, siempre, siempre –sollocé mientras me ponía de puntillas y lo besaba con desesperación. Cinco minutos, cinco minutos. – Te amo, te amo. Te protegeré hasta el final.
–Yo también te amo. –susurró.
Pareció que transcurría una eternidad hasta que finalmente nos separamos y me tambaleé hacia una esquina para dejarle hacer. Probablemente los cinco minutos ya habrían pasado, pero en ese momento ya no llevaba la cuenta. Si fuera humana, mi corazón apenas latiría de tan entumecido que tenía el pecho.
Aer sujetó al pluma con manos temblorosas, me miró por última vez con una sonrisa palpitante, y cerró los ojos, invocando al ángel.
Melos hizo su aparición en la habitación, todo luz, y miró con compasión a mi Sire. Aer se arrodilló y bajó la cabeza.
–Por favor, devuélveme la vida. –pidió con voz anhelante.
– ¿Estás seguro, Hijo de Caín? – La voz del ángel nunca me había sonado tan profunda y sobrenatural. Aer alzó la cabeza y lo miró a los ojos. Dos lágrimas rojas corrían por sus mejillas. Leí pura felicidad en su rostro, y no pude sino sonreír yo también a pesar de mi propia pena.
–Sí, lo estoy.
Melos asintió y rodeó a Aer con sus inmensas alas azules. La temperatura de la habitación subió un par de grados, y un halo de luz de sol me golpeó, chamuscándome un poco la piel. Tal era mi estado de ausencia que ni siquiera lo noté.
Recuerdo pensar que hacía siglos que no veía algo tan bello y tan puro; la imagen de dos de los seres que más amaba en el mundo, juntos en aquel círculo celestial. Solo duró un instante, pero sé que esa visión permanecerá en mi retina hasta el día de mi muerte.
Entonces el brillo cesó, y las alas de Melos se abrieron. El cuerpo inconsciente del que había sido mi Sire se deslizó al suelo.
–Deberías haber sido tú. –Se limitó a decir el ángel con cierta pena. – Lo que has hecho es más humano de lo que muchos Hombres podrán ser jamás.
Y por segunda vez en la misma noche, Melos se esfumó de la sala. Yo me acuclillé junto a Aer. Y tomé su cabeza, cálida y palpitante, sobre mi regazo. Acuné su cuerpo inconsciente, de color rosáceo, y canté las nanas que antaño él mismo me cantaba, ahora al ritmo de su corazón.
En sueños se revolvió un par de veces. Aún lloraba, acompañando de sonrisas sus lágrimas transparentes.
Antes de reencontrarme con Nakomi y Matia, volví a Gales a dejar a Aer en el santuario. Las sacerdotisas me rodearon en cuanto crucé el espejo, visiblemente preocupadas por mis mejillas sangrientas.
–Señora. ¿Qué ha pasado? ¿Se encuentra bien? –Preguntaban.
–Cuidad de él –ordené. Mi propia voz me sonaba extraña, ajena, como si proviniera de otra parte. De otra persona más decidida y estable. – Aseguraos de que no le falte nada. Yo volveré a partir de inmediato.
Lo dejé en la mejor habitación que hallé, que no era la mía ni la que había ocupado él, porque en las principales no había cama. No me pareció que dejarle solo en un ataúd fuera lo más adecuado.
No tenía mucho tiempo; no podía demorarme. Ni siquiera había avisado a Nakomi y Matia de que vendría a Gales. Probablemente estuvieran aún por fuera del despacho de Aer, esperando a que saliera.  Así que tenía que volver ya.
Pero dediqué un instante más a contemplar su rostro dormido. Qué felicidad se leía en su expresión. Qué cálidas estaban sus mejillas contra mis manos frías.
–Duerme, pequeño. Duerme. –murmuré. Besé su frente tibia y manché su piel con una roja lágrima rebelde. – Sueña conmigo.
Tras echarle una última mirada, me limpié el rostro con esmero y crucé por el Espejo de vuelta al palacete Toreador en Roma.
Los cinco minutos ya eran historia, y ahora quería venganza. Sonreí, imaginando bañarme en la sangre de nuestros enemigos.
Al abrir la puerta del despacho, vi que mis suposiciones eran ciertas, y ambas vampiras esperaban impacientes recostadas contra el muro.
–Estoy lista, Nako –anuncié. – Cuando quieras.
Matia se sacudió el vestido de terciopelo azul y estiró las piernas. Nakomi comenzó a andar en dirección a la salida. Ninguna me preguntó por qué el despacho estaba vacío.
–He estado pensando, y yo también sé qué hacer con mi pluma. –Declaró Nakomi– Vamos a cambiarla por armas. –Soltó una risita como si se diera cuenta de algo– Va a tener razón Anath. Al final da la impresión de que nos agrada su compañía.
Cruzamos el Espejo para dedicarle una última visita a la Ravnos.
Ya conocíamos bastante bien el palacete, y los criados ni se molestaron en acompañarnos. Nos indicaron dónde se hallaba su señora, y fuimos a su encuentro.
La vampira estaba apoyada en el murete de una enorme azotea, contemplando el cielo estrellado con un aire melancólico que casi nos apenó interrumpir. Como siempre, fue Nakomi la que habló.
–Señora. –le dijo. Quizá fuera la atmósfera solemne, o a lo mejor se debió a que Nakomi entendía cuán significativo era lo que iba a proponer, pero la habitualmente impetuosa vampira habló con una suavidad y calma impropias de ella. – Tengo un trato que ofrecerte.
Anath le sonrió, aunque el gesto fue más distraído de lo habitual. Nakomi esperó a ver si le contestaba, pero al ver que no lo hacía, continuó.
–Ya conoces la naturaleza de la venganza que pienso llevar a cabo. Tengo en mi poder la oportunidad de recuperar la humanidad. Te ofrezco esa posibilidad, además de mi protección por el resto de tu vida humana, a cambio de que nos permitas armarnos en tu sala de tesoros mágicos.
Recordaba aquella sala. La había visto siglos atrás, y ya entonces desbordaba de objetos de increíble belleza y valor. Pero eso no era lo más extraordinario. Los objetos que allí se guardaban tenían cada uno una capacidad única, mágica, dotaba a su portador de alguna ventaja sobrenatural. Usar armas provenientes de esa habitación era tener la guerra ganada.
El gesto de Anath era inusualmente serio a la vez que ausente. A pesar de ser una vampira anciana, casi me parecía vulnerable. No tenía nada que ver con la mujer sarcástica y llena de trucos que conocía.
– ¿Y cómo piensas protegerme siendo humana? –Preguntó, contrariada.
–Yo permaneceré como Hija de Caín. Lo que te ofrezco es válido para una única persona, y yo te lo ofrezco a ti.
Matia me sujetó la mano, sin apartar la mirada de la escena. Imagino que incluyo una niña pequeña como ella notaría la tensión de aquel pacto único.
–Si me devuelves la vida, puedes quedarte con toda la sala. Este palacio será tuyo. –Dudó un instante, como si recordara su responsabilidad como Señora de ese palacio– ¿Te encargarás de que estén bien?
–Lo haré –accedió Nakomi. No sé muy bien si decía la verdad, pero pareció bastar con Anath, que asintió a su interlocutora, convencida.
Nakomi extrajo la pluma de Melos de entre los pliegues de su vestido y se la tendió a la vieja vampira. Con manos temblorosas, Anath aceptó lo que se le ofrecía, y sin mirarnos dos veces, bajo por la escalera hacia los jardines.
Sin querer perdernos detalle, Matia y yo nos asomamos sin disimulo contra la barandilla. Nakomi puso los ojos en blanco, pero también se detuvo a observar lo que ocurría.
Cuando llegó a la línea de árboles, Anath se detuvo. Alzó la pluma por sobre su cabeza y cerró los ojos un momento. Por un instante no pasó nada, y luego, una brisa agitó las ramas más cercanas. Melos, tan guapo como siempre, se materializó frente a ella. Anath cayó sobre sus rodillas, extasiada ante la visión del ángel.
–Por favor, enviado del cielo –rogó con voz temblorosa. – Otórgame tu don.
– ¿Estás segura, Hija de Caín? –preguntó él como la vez anterior.
Anath asintió, y Melos procedió. La escena fue hermosa, tanto como la primera vez. Si la paz o el amor fueran materiales, tendrían la forma del ángel que hacía su magia con Anath en aquel momento. Mi niño, mi pequeño.
Solo transcurrieron unos instantes, y luego Melos abrió las alas para dejar a una inconsciente Anath deslizarse dormida entre la hierba. Concluida su labor, el ángel desapareció como siempre. Todo lo bueno dura poco, y mi bebé no es una excepción a esa regla.
Por el rabillo del ojo, capté la imagen de Matia secándose una lágrima indiscreta. La comprendí. Una no presencia algo tan bello todas las noches. Nakomi fue a recuperar a Anath y la llevó al interior, donde algunos de los criados, que habían podido contemplar la escena, esperaban inquietos y un poco asustados.
–Escuchad. –Anunció. – Anath es ahora humana, aunque eso no cambia el hecho de que es vuestra Señora, y la respetaréis como antes –Un murmullo se extendió entre los presentes, que no comprendían bien lo que acababan de oír– Nadie la desafiará por su condición. Y si eso llegara a ocurrir, el responsable responderá ante mí, la Reina Negra. ¿Queda claro?
Nadie contestó, de modo que lo tomamos como un sí. Los criados se hicieron cargo de la inconsciente Anath, y nadie hizo nada por detenernos cuando fuimos a la sala del tesoro a recibir nuestra parte del trato.
Si hace mil ochocientos años aquello me había parecido la mayor maravilla del mundo, ahora, aún más rebosante de objetos fantásticos, me parecía el mismísimo cielo.
–Vamos –Nos instó Nakomi– En quince minutos partimos hacia la batalla. –Sonrió ante la idea– Proveeros como más gustéis.
Se me hizo breve la estancia en aquel paraíso, pero tras trastear con varios artilugios, me hice con tres bastante útiles. El primero fue un broche que hacía invulnerable a cualquiera que lo portara. El segundo, una botella que encerraba en su interior a cualquiera de quien se dijera el nombre.
Y por último, seleccioné un carcaj que proveía flechas infinitas. Me venía estupendamente para combinar con mi arco mágico, cuyas flechas alcanzan siempre y sin excepción a cualquiera a quien se pretenda dar.
Puntuales como relojes, las tres abandonamos la sala cuando pasó el cuarto de hora acordado, en pos del primer enemigo, Beatrix, la Primogénita Brujah.
Nadie en el recinto Brujah de Roma sospechaba el propósito homicida de nuestra visita cuando nos materializamos en medio de su recibidor. No sospecharon, ni desconfiaron. Después de todo, es frecuente que miembros de otros clanes vayan y vengan. En circunstancias normales, nuestra presencia no sería motivo de alarma.
Pero esto no era precisamente una visita de cortesía.
–Buenas noches –saludó Nakomi con la más inocente de las visitas. El Brujah que pasaba a nuestro lado se detuvo y la saludó con una inclinación de cabeza– Venimos a ver a Beatrix.
–Em… Claro, seguidme. –El vampiro, un joven de ancha espalda, nos condujo hasta una puerta muy alta y llamó con los nudillos. – Disculpe, tiene visita.
–Adelante –Llamó la voz de dentro. Las tres agradecimos a nuestro joven guía con un leve asentimiento y una sonrisa cortés antes de entrar a la habitación.
Matia fue la última en entrar, y cerró la puerta tras de sí. Beatrix, que estaba de sentada en su escritorio, nos miraba con curiosidad.
– ¿En qué puedo ayudaros?
No bien terminó de formular la pregunta, Nakomi ya la había acorralado contra la pared, provocándole un feo corte en el pecho con una cuchilla.
De tanta prisa con la que habíamos dejado la sala de los tesoros, no me había fijado en qué objetos habían elegido las demás. El corte de aquella cuchilla hizo que el cuerpo de la sorprendida Brujah se congelara como un témpano de hielo.
–Pero… ¿qué diablos…? –Llegó a murmurar antes de que el hielo se hiciera con su garganta.
–La venganza es un plato frío, querida –contestó Nakomi antes de hacerla pedazos de un golpe. Los trozos de la vampira repiquetearon en el suelo. Inconscientemente me alejé un paso de aquella gélida y letal hoja.
Nakomi se giró hacia nosotras, visiblemente emocionada.
–Siguiente.
–Por aquí, por favor. –Nos indicó una La Sombra neonata. Avanzamos por un interminable pasillo de camino al despacho de su Primogénita, Julieta. – Es un honor conocer a la famosa Cassandra. Y la mítica Reina Negra…
Matia refunfuñó en voz baja, disgustada por no ser reconocida. Me reí en silencio ante su reacción
–Es el sueño de todos nosotros dominar las sombras como tú. –Continuó la joven neófita– ¿Fue… fue muy difícil invocar a ese ser?
Ya me había acostumbrado a la sombra ambulante que había conjurado Nakomi temprano aquella noche, así que tardé un instante en darme cuenta que la chica se refería a la negra criaturilla de Nakomi.
–No tanto –contestó la aludida, un poco incómoda ante el entusiasmo de la chiquilla– Ya aprenderás.
Llegamos por fin a nuestro destino, y entramos sin esperar la respuesta a nuestro llamado. Julieta miraba por la ventana. Nuestra repentina entrada la hizo girarse.
–Oh, buenas noches. – Saludó, un tanto descolocada. – ¿Queríais algo?
Nakomi ignoró descaradamente la pregunta de la Primogénita, y se giró hacia mí, con una sonrisa traviesa.
–Te toca, querida. –propuso. Sonreí y bajé la cabeza, aceptando su oferta. Rápidamente saqué el arco y preparé la flecha, apuntando a Matia, que, como siempre, estaba de pie a medio metro de mí.
– ¡¿Qué haces?! –Exclamó la niña con los ojos como platos. – ¡Cassie, soy tu amiga!
Disparé, y la flecha, como de costumbre, rodeó la sala para golpear a su verdadero objetivo, aquel en que había pensado. Julieta cayó al suelo, inmóvil a causa de la inesperada estaca. Matia se dio cuenta de la jugada y me golpeó con su muñeca como venganza. Yo me reí a carcajadas.
– ¡Me asustaste! ¡Qué mala eres!
Nakomi se acercó al cuerpo petrificado de la La Sombra, y sin mediar palabra, le arrancó la cabeza. Sus restos mancharon el suelo en un charco de pegajosa sangre y ceniza.
En la tercera y última parada de nuestra gira asesina, hicimos nuestra aparición en medio del clan Malkavian. Como era de esperar, todos los allí presentes destilaban locura por los cuatro costados. Uno de ellos mantenía una acalorada discusión con una fregona; otra besaba apasionadamente a una figura invisible. Un pequeño grupo al otro extremo de la habitación observaba con suma atención y entusiasmo la pelea entre un vaso y un tenedor. Incluso vitoreaban al cubierto, porque, según decían, “iba ganando”.
Tras reconocer el terreno, nos acercamos a aquel que parecía más cuerdo, un muchacho que contaba algo con los dedos.
–Perdona –dijo Nakomi.
–Perdonada –Respondió el vampiro. Ella puso los ojos en blanco, respiró hondo y continuó.
–Estoy buscando a Diego. ¿Podrías llevarme ante él?
– ¿Diego? ¿Qué Diego? –preguntó él sonriente. – Aquí hay muchos Diegos. También hay Daríos, Davides, Danieles…
–Vuestro líder –Cortó Nakomi. – Llévame ante vuestro líder. Por favor.
–Bueno, si insistís…
La sola arquitectura de aquel edificio ya resultaba desquiciante. Dimos vueltas sin sentido y caminamos por pasillos imposibles antes de llegar a donde queríamos.
Cuando tocamos la puerta, oímos desde dentro la voz del vampiro.
– ¡No entréis, por favor! ¡No sois bienvenidos!
La respuesta me descolocó por un instante hasta que recordé que algunos Malkavian tenían la costumbre de hablar al revés y decir lo contrario de lo que realmente pensaban. Cerramos la puerta a nuestra espalda, y el sonriente Diego nos invitó a acomodarnos.
–Venga, no toméis asiento. No estoy encantado de veros. ¿Cómo puedo no ayudaros?
–Venimos porque tenemos un asunto pendiente. –anunció Nakomi, sin perder el tiempo.
–Entiendo. ¿Qué no quieres decir?
–Estoy muy afectada por algo que hiciste. –explicó. – Firmaste a favor de la caza de mi gente. Y he venido a hacértelo pagar.
–Oh, vaya. Has sido tú, ¿verdad? –Exclamó Diego, hablando consigo mismo, increpándose con gran enfado por el crimen– Es un horror. Te tengo dicho que no uses mi cuerpo.
–Dioses, está muy mal de la cabeza… –Murmuré para mí misma.
Matia tiró de la falda de Nakomi para llamar su atención.
– ¡Nako, Nako! Me toca a mí, ¿vale? Porfa, porfa.
Nakomi asintió, y Matia, muy contenta, se puso un anillo bicolor. De inmediato, dos halos de luz, unos rojo y otro azul, comenzaron a girar a una velocidad vertiginosa alrededor de su pequeño cuerpo.
–Voy a hacerte pupa. –Anunció.
–Sí, adelante –coincidió Diego, señalando a su pecho– Acaba con él, niñita. Me cae muy mal.
– ¡Atacad! –Ordenó Matia, y los halos de luz atravesaron el pecho del Malkavian. Sus tripas y sus cenizas cayeron pesadamente al suelo. – No me llames niñita. Una ya tiene sus años.
Asentí, complacida. Me disponía a sacar el Espejo para marcharnos, cuando Nakomi me hizo un gesto para que aguardara.
–Todavía falta algo. –señaló.
– ¿El qué?
–Hay que dejar un mensaje. Que sepan por qué se han quedado sin Primogénitos y a la próxima se lo piensen mejor. Cassie, tú eres la artista. ¿Te importaría escribir unas palabras por mí en la pared?
Asentí encantada. Minutos después abandonábamos el despacho. En el muro blanco, con la sangre de Diego, podía leerse la advertencia de Nakomi.

Hemos sido solo tres. Cuidado con lo que decidís

Volvimos a Cartago. Aparecimos en un callejón oscuro, y en cuanto hube asegurado mi espejo a la espalda, comenzamos a andar hacia el palacete de Aleia. En menos de una hora saldría el sol, y la noche me había parecido eterna. Apenas podía mantener los ojos abiertos de tan cansada que estaba.
– ¿Y ahora? –pregunté. – ¿Nos quedaremos en Cartago?
–Supongo que sí – Nakomi se encogió de hombros. Con la situación a que están, no se atreverán a enfrentarse a Cartago solo por nosotras. Aunque te sugiero no volver a Roma por un tiempo. Un milenio o dos, como poco.
Caminamos en silencio unos minutos, a paso de humano, porque no teníamos fuerzas para más.
Y entonces comenzó el Apocalipsis.
Unas nubes rojas como la sangre invadieron toda la bóveda celeste, emitiendo un tronar profundo, como los gritos de un millón de almas torturadas. Las tres miramos boquiabiertas el espectáculo que se extendía sobre nosotras.
El rostro de Lilith se dibujó sobre los nubarrones.
– ¡Venid, Hijos míos! –Bramó, y su voz congeló la poca sangre que me quedaba en el cuerpo. La tierra reverberó a medida que el horrible sonido de su voz alcanzaba todos los rincones del mundo conocido– ¡Ha llegado la hora!
De pronto, decenas de figuras comenzaron a alzarse lentamente hacia el cielo, desapareciendo entre las nubes. Por un instante no supe qué eran, y luego lo comprendí. Los cuerpos flotantes eran los vampiros, que obedecían a su Madre.
–Ha empezado –murmuré. – Es el Apocalipsis. Oh, dioses, ¡ha empezado!
El pánico inmovilizó nuestros cuerpos durante largos segundos, y luego, las tres a una, empezamos a movernos.
–Rápido –urgió Nakomi – Tenemos que buscar a nuestra progenie y ponernos a salvo en tu Espejo. ¿Qué más vamos a necesitar?
–Probablemente comida.
–Allí estaremos a salvo del sol, imagino.
–Claro, ¿crees que soy idiota?
–Vale. Entonces, en marcha.
–Esperad. –interrumpió Matia. Nos callamos expectantes mientras el bramido atronador seguía sonando sobre nuestras cabezas. Matia alzó la mirada de sus zapatitos de charol y me miró. Por primera vez, su mirada me recordó más que nunca a la de una niña de nueve años. – Cassie, llévame a Rusia. Protege a mi progenie. Yo voy a usar la pluma.
Su decisión fue tan repentina que Nakomi y ya nos quedamos un momento en silencio, procesándola. Varios humanos corrían despavoridos por las calles de Cartago, y aun había vampiros alzándose por los cielos.
– ¿Estás segura? –preguntó Nakomi.
Matia asintió, y no hicimos más preguntas. Desaparecimos en dirección a Rusia.
–Maestra –nos recibió una joven Ventrue cuando nos materializamos en el refugio de Matia. Parecía muy alterada, y me costó un poco entender lo que decía, aunque mi ruso es impecable. – ¿Qué está pasando ahí fuera?
En Rusia, como habíamos previsto, el cielo mostraba el mismo horror que en Cartago. 
–Nada, Svetlana. Solo el fin del mundo, pero no tienes por qué preocuparte. ¿Dónde está Thomas?
–Aquí, Maestra – Thomas entró a la habitación, ajustándose un bolso lleno al hombro. – Supuse que habría que huir, así que he guardado lo más importante.
Matia les dedicó una mirada cargada de sentimiento a sus dos pequeños. Ese era un adiós, y ella lo sabía.
–Muy bien, mi pequeño –felicitó ella. – Ahora, iréis con Cassandra y Nakomi. Las obedeceréis, y ellas os protegerán. Yo me quedaré aquí, cuidando el refugio.
–Pero, Maestra, ¿estarás segura?
–No te preocupes por mí. Vamos, id con ellas.
No volvieron a discutir lo que Matia les ordenaba. Les indiqué que entraran en el Espejo, y eso hicieron. Nakomi los siguió
–Si te vas a arrepentir, ahora es el momento. –dije.
–Ya lo he pensado bastante. –contestó la pequeña. – Vete, antes de que comience la tormenta.
Asentí, y me introduje en el Espejo. Lo último que vi fue a la pequeña Grimatia sosteniendo en sus manos la pluma azul como si fuera el mayor tesoro.
Por tercera vez aquella noche, aparecí en mi refugio en Gales. El caos reinaba en el santuario a causa del infierno que se había adueñado del cielo. No solo mis sacerdotisas aguardaban en el claro, sino que cientos de personas, provenientes de todos los poblados cercanos, habían acudido a pedir ayuda a la diosa. Ergo, a mí.
El griterío se extinguió cuando la multitud me vio aparecer.
– ¡Oh, gran Brighid! –Gritó una mujer– ¡Sálvanos, por favor!
Volvió a correr un murmullo entre la gente y aguardé hasta que cesó. Entonces exclamé para que todos me oyeran.
– ¡La Hora de la Diosa ha llegado! ¡Es el fin del mundo! ¡Los que queráis sobrevivir seréis salvados! Así que ¡seguidme todos!
Y todo mi pueblo entró en mi Espejo, quedando a salvo de la destrucción de Dios. Ja, y después yo soy el demonio.
Normalmente, todo es calmo en mi Realidad Cuna. Es una realidad tranquila, con luna y estrellas propias. En el mundo del interior del Espejo, un amplio bosque se extiende hasta una pequeña cordillera que señala el final. En el medio, entre los árboles, una mansión de mármol se yergue, siempre tranquila y segura.
Estaba acostumbrada a ser la única en mi acogedor refugio. Aunque ahora me tendré que acostumbrar a verlo lleno de gente.
Justo a tiempo, antes de que comenzara el diluvio, Nakomi y yo hicimos uso de la botella mágica que cogimos del palacio de Anath, la que conjura a su interior a aquel de quien se mencione el nombre, para poner a salvo a nuestra progenie. Ambas llevábamos siglos sin ver a nuestros vástagos, y desconocíamos por completo su paradero. Fue una suerte, un verdadero milagro, haber contado con la botellita.
En el exterior, lleva lloviendo nueve largos días con sus noches. Los vampiros que no acudieron a la llamada de Lilith han empezado a sucumbir, víctimas de la maldición de Dios. Los humanos también están muriendo, o bien a causa de las inundaciones, o bien a manos de algún pobre Cainita enloquecido por el hambre.
Solo nos queda esperar que la Lluvia se disipe pronto. Quiero volver a la tierra. A casa. Quiero volver a mi bosque, con mi santuario y mis sacerdotisas, a bailar felices bajo la luna llena.
Decid lo que queráis. Que estamos malditos; que somos malvados. Diréis que nuestra existencia es veneno, y que nuestras almas irán al infierno. Diréis que estamos muertos solo porque nuestros corazones no laten.
Necios…
Yo tengo energía para dar y regalar. Tengo un millar de planes, de ideas y de sueños, y voy a luchar por ellos. Que vengan a mí mil maldiciones y mil ejércitos.
Soy una Vampira, con todas las letras, y estoy más viva que todos vosotros juntos.
Preparaos, porque os queda Cassandra para rato.

May Parodi

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada